Hay algo magnético en la forma en que Paul Gauguin veía el mundo: colores que no piden permiso y una calma que parece suspendida en el tiempo. Me sumergí en la tarea de pintar mi propia versión de Arearea, una obra que pintó en Tahití y que siempre me ha cautivado por su misterio y su vibrante perro rojo.En este proceso, lo que más me desafió no fue la perspectiva —la cual Gauguin solía ignorar en favor de formas planas— sino la libertad cromática. Pintar cielos que no son azules y tierras que estallan en naranjas y verdes me permitió conectar con ese deseo de Gauguin de escapar de lo convencional y buscar una "belleza primitiva".
Mi versión de Arearea es un recordatorio personal de que el arte no siempre tiene que ser un reflejo fiel de la realidad, sino una expresión de cómo nos hace sentir un lugar o un momento. En cada trazo de este "perro rojo" y en la quietud de las figuras femeninas, he intentado capturar esa misma paz y alegría (que es, de hecho, lo que significa Arearea en tahitiano).
Comentarios
Publicar un comentario