El Vuelo del Quijote: Mis días con papá. Autora: Sandra Insua Juncal.
1. El Despertar del Arcoíris
Sábado, 9 de marzo de 2019.
Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña. Habitación 962.
En el silencio sagrado de la estancia, las burbujas de oxígeno danzan con una urgencia plateada dentro del respirador, chocando entre sí como pequeñas perlas de vida que buscan el aire. Decido que ese murmullo no será de hospital, sino de océano profundo y libre. Con mi bolígrafo de colores, trazo líneas invisibles en el aire, bañando cada esfera de azul cobalto, rojo carmesí y verde esperanza, atrapando el miedo para convertirlo en juego. De pronto, la luz atlántica de A Coruña se filtra por la ventana y, al acariciar mis trazos, se despliega un arcoíris vibrante que inunda las paredes, borrando el blanco aséptico con una explosión de alegría. Miro a papá; sus ojos se encuentran con los míos y una sonrisa serena, casi eterna, dibuja el mapa de su paz. En ese instante mágico, el aire se vuelve partitura: de su cuerpo parecen brotar notas doradas, hilos de luz que se entrelazan hasta que el Preludio de Bach comienza a envolvernos, transformando la habitación 962 en una catedral de amor donde solo existe la armonía.
2. El Vuelo del Soñador
Martes, 17 de marzo de 2020.
Hogar familiar de la parroquia de Santiago de Sigrás (Cambre).
Sobre la mesa reposa una tarta de nata y fresas, coronando sus ochenta y dos años de hombría noble y ternura inagotable. Papá cierra los ojos, y en ese santuario interno donde habitan sus deseos más puros, siembra una esperanza nueva que no sabe de calendarios. Su soplido no es el de un hombre cansado por los años, sino un viento vigoroso, cargado de la fe de un niño que aún cree que el mundo es un lugar por descubrir bajo la almohada.
Sentado en su sofá predilecto, su remanso de paz absoluto, sus manos acarician una servilleta de papel blanca con la delicadeza con la que un escultor trata el mármol más fino; en sus pliegues arrugados él no ve papel, sino figuras aladas, pajaritas de libertad y paisajes lejanos. A veces, la bruma de la medicación intenta empañar su cielo, distorsionando los contornos de la realidad y diluyendo sus pensamientos en un río de sombras, pero él la vence con la fuerza de su imaginación. Al final del día, papá sonríe pletórico: ha conquistado su mayor quimera: hoy, mientras el mundo se detenía, ha vuelto a volar por encima de los tejados de la casa de piedra dónde nació en O Vilar.
3. El Palacio de Cristal
Martes, 14 de abril de 2020.
Centro Oncológico de A Coruña.
Hoy el mundo se ha vuelto sagrado, como si los dioses hubieran decidido otorgarle una tregua de oro. Mi padre, con su alma quijotesca y grandiosa, me mira convencido de que este hospital es, en realidad, un hotel de cinco estrellas, un refugio de lujo para reyes cansados. Yo, con el corazón encogido de asombro y admiración, me asomo a su mirada para no contradecir su belleza: vemos juntos el mar infinito que lame la costa tras el cristal, los muros alicatados con cerámica de la más alta alcurnia y el lecho cubierto por la caricia suave de la seda salvaje más pura.
Con su pijama azul de navegante y su bata granate de soberano, camina por los pasillos con una elegancia de otros tiempos.
—Gracias. ¿No serán demasiadas atenciones para mí? —pregunta a las enfermeras con una humildad que me quiebra y me salva a la vez, que para él, ellas son doncellas de un palacio invisible. Se maravilla ante las máquinas de café que brillan bajo los fluorescentes como si estuvieran bañadas en oro de ley y acaricia los sillones de terciopelo traído de las rutas de Oriente. Me hallo ante él sin palabras, deslumbrada, comprendiendo que la belleza no está en lo que vemos, sino en el amor de quien mira.
Epílogo: La Eternidad del Abrazo
Días de ausencia y presencia.
Hace unos meses que el sol se puso en el horizonte de papá. Al principio, la impotencia me quemaba las manos por no haber podido rescatarlo de esa enfermedad que se llevó su cuerpo, pero no su magia. He soñado cada noche con él, en un viaje que ha ido del dolor a la luz. Al principio, mis sueños eran fríos, pasillos de hospital y sombras que vagaban asustadas por la casa familiar; pero el tiempo, ese bálsamo lento, empezó a devolverme al verdadero papá: lo veo llegar feliz, rebosante de salud, con sus mofletes de ardilla, sus mejillas sonrosadas por el aire fresco y esos ojos azules que brillan como dos zafiros resplandecientes. En cada uno de esos encuentros oníricos, le repito una y mil veces cuánto lo quiero, fundiéndome en un abrazo eterno donde lloro sobre su hombro y él, con su sola presencia, me consuela. Lo extraño en cada rincón, en cada servilleta doblada y en cada nota de Bach, pero sé que no se ha ido del todo. En lugar de la soledad, ha venido a quedarse su luz, recordándome que quien ha sabido ver oro en el hierro, jamás dejará de brillar en mi memoria.

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